Lema del curso 2009-2010
EN LO ESENCIAL UNIDAD, EN LA DUDA LIBERTAD Y EN TODO CARIDAD
Desde hace unos años, nuestra Cofradía
adopta cada ejercicio un lema que le sirve de guía y referencia
orientadora a lo largo del periodo que media entre el triduo en
honor de Nuestra Señora de la Caridad en septiembre y la
misma celebración del año siguiente.
El lema asumido
en
la Cofradía para
este curso que estamos comenzando es el siguiente:
En lo esencial unidad, en la duda, libertad y en todo caridad
Para San Agustín, el ideal de la fraternidad es un proyecto que le acompaña a través de de toda su vida. Por eso, va a tener un especial relieve a la hora de diseñar su ideal monástico. Hablar hoy de fraternidad en el marco de nuestra Cofradía nos aproxima a una sensibilidad, que admite matices plurales, además de una exigencia a traducciones prácticas.
En la fraternidad, todo cofrade supera el anonimato de la gran masa y comprende que es piedra viva del edificio de Jesús (1 Pe 2, 4-5). En La fraternidad, entiende que la Iglesia se extiende más allá de sus propios muros y que el compromiso social es también una forma relevante de hacer Iglesia.
El valor de la interioridad va muy unido, en el pensamiento de San Agustín, al ideal de la comunidad o fraternidad, porque sólo desde el interior la persona alcanza a comprender el sentido profundo de todo lo que existe, y puede reaccionar con coherencia ante las vicisitudes de la vida.
Para ser verdaderamente humanos, para no empobrecernos ni engañarnos y poder encontrar la verdad que dé sentido a la vida humana y haga posible la felicidad, San Agustín invita insistentemente a “volver al interior”, “volver al corazón”, “entrar dentro de sí mismo”. Deja un pequeño margen para la reflexión, margen para el silencio. Entra dentro de ti mismo y deja atrás el ruido y la confusión. Bucea en tu intimidad y trata de encontrar ese dulce rincón escondido del alma donde puedes verte libre de ruidos y argumentos, donde no necesitas entablar disputas sin término contigo mismo para salirte siempre son la tuya. Escucha la voz de la verdad en silencio, para que puedas entenderla. Entra en ti mismo. Examínate, júzgate. Espero que demuestres categoría suficiente como para no engañarte a ti mismo. (Sermón 52, 19, 22; Sermón 13, 6, 7).
El materialismo, la superficialidad y el individualismo, que caracterizan nuestra época, impiden tantas veces el autoconocimiento profundo y la reflexión consciente, además de una vivencia sana y gozosa de la verdadera fraternidad.
Desde la experiencia agustiniana se nos ofrecen tres aspectos fundamentales para nuestra reflexión personal y comunitaria:
Autenticidad : Ser consciente de quién soy, dónde me encuentro, hacia dónde y por qué quiero encaminar mi vida. Actuando de acuerdo a mis propias convicciones seriamente interiorizadas, sin preocuparme de las apariencias o depender de presiones externas. El hombre sólo es bueno en su interior; si sólo es exteriormente, no es bueno en absoluto (Sermón 15, 6) . No se hace bien lo que se hace obligado, aunque sea bueno lo que se hace (Confesiones 1, 12, 19) .
Capacidad de discernimiento: Que comienza por una sana autocrítica, tanto personal como comunitaria, pero implica también la interiorización y el juicio crítico de cuanto se ve, se oye o se experimenta, para discernir a la luz de la verdad (La Trinidad 14, 15 21) y tomar las propias opciones. Una actitud realmente contemplativa de la realidad, que lleve a compromisos coherentes a través de un proceso de ver-juzgar-actuar con sinceridad y profundidad. La contemplación agustiniana comienza en el silencio interior del corazón; pero lleva inevitablemente, cuando es auténtica, al compromiso con la historia real. Enseña a ver la vida “con los ojos de Dios” y actuar en consecuencia.
Sentido de trascendencia: Que impide el encerramiento en lo sensible, en sí mismo, en la propia cultura y costumbres. Una actitud de escucha y apertura, una disponibilidad a salir de sí mismo, que es imprescindible para evitar la superficialidad y el fanatismo, para establecer relaciones humanas profundas y dialogantes, para una espiritualidad y práctica de la oración que no sea un simple monólogo. La verdad que habita en el hombre interior es en último término Cristo, “el Maestro interior”, camino para el encuentro con un Dios que está más dentro de nosotros que nosotros mismos (Tratados sobre el Evangelio de San Juan 18, 10).
Hay dos aspectos más que no podemos olvidar desde esta perspectiva agustiniana en relación con el lema elegido para este ejercicio, son el tema de la libertad y la amistad.
Entender la libertad desde el amor es un elemento fundamental de la espiritualidad agustiniana. Para San Agustín no hay duda ninguna en que la ley de la libertad es la ley del amor (Carta 167, 19). Es decir, que sólo desde el amor la libertad es realmente humana, y ese es el enfoque cristiano de su sentido.
La libertad forma parte de la vocación esencial del ser humano, le distingue de los animales y es raíz de su dignidad. Pero la libertad humana, por el mismo hecho de ser humana, no es absoluta ni perfecta. Más aún, abandonada a sí misma puede conducir a la esclavitud: El hombre bueno, aun reducido a esclavitud, es libre; el malo, aunque sea un rey, es un esclavo: no de los hombres, sino de cuantos vicios tenga (La Ciudad de Dios 4, 3). Entonces, afirma San Agustín, somos verdaderamente libres no simplemente cuando podemos hacer lo que nos gusta, sino cuando nos gusta hacer precisamente lo que es bueno (Sermón 344, 4).
Por eso la ley del amor es la ley de la libertad. Quien actúa por amor, es libre, aun cuando tenga que imponerse un compromiso o responsabilidad. La experiencia del auténtico amor humano sabe mucho de esfuerzos, sacrificios y renuncias que nacen de lo más hondo del corazón y nos hacen sentir libres y felices. De la raíz del amor auténtico, que nos hace libres de todo mal deseo, no pueden proceder más que obras buenas. No se trata de hacer lo que me da la gana con la disculpa del amor, sino de amar de verdad a Dios y a los demás para no querer hacer mal . Ama y haz lo que quieras, di lo que quieras; si amas de verdad, no temas, todo lo que quieras será bueno y humano, todo lo que hagas tendrá sentido (Tratados sobre la primera carta de San Juan 6, 2).
Concluyo esta reflexión con una aproximación al tema de la amistad. La experiencia de la amistad marcó siempre la vida de San Agustín, y así lo dejó plasmado en sus Confesiones. Su entusiasmo por la amistad determinó incluso en su vida la forma de consagrarse a Dios, no en soledad como los anacoretas del desierto, sino en compañía de sus amigos. Vivir sólo era superior a sus fuerzas, pues la vida sin amigos es un destierro y necesitamos de los demás para ser nosotros mismos (Comentarios al Salmo 125, 13).
Muchas veces se ha citado la descripción de la amistad que San Agustín ofrece en sus Confesiones, con toda clase de detalles y con matices extraordinariamente humanos, quizá puede servir de modelo de fraternidad para todos los miembros de la Cofradía de la Caridad: Había en mis amigos otras cosas que me hacían más cautivadoras su compañía: charlar y reír juntos, servirnos mutuamente unos a otros, leer en común libros bien escritos, bromear dentro de los límites de la estima y respeto mutuos, discutir a veces, pero sin aspereza, como cuando uno discute consigo mismo. Incluso esta misma diferencia de pareceres, que por lo demás era algo poco frecuente, era la salsa con que aderezábamos muchos acuerdos. Instruirnos mutuamente en algún tema, sentir nostalgia de los ausentes, acogerlos con alegría a su regreso. Estos gestos y otros por el estilo, que proceden del corazón de los que se aman y se ven correspondidos, y que hallan su expresión en la boca, lengua, ojos y otros mil gestos, muy gratos, eran incentivos que iban fundiendo nuestras almas en una sola (Confesiones 4, 8, 13).
P. Miguel Ángel Sierra, OSA
Colegio Mayor Méndel (Madrid) |