Hay personas cuya vida queda tan profundamente unida a una institución, a una entidad o a un grupo humano, que resulta imposible narrar la historia de una sin evocar la otra. Es el caso de Alfonso Sell Cristiá, cuyo nombre quedó entretejido durante más de nueve décadas con el de la Real Cofradía del Santísimo Cristo del Amor y Nuestra Señora de la Caridad hasta el punto de que resulta difícil recordar la historia reciente de la corporación sin encontrarlo presente en alguno de sus momentos decisivos. Alfonso pertenece a esa estirpe de cofrades para quienes la Hermandad no es una afición, una ocupación ocasional o una responsabilidad temporal. Para él la Hermandad fue su casa, su escuela de fe y su forma de entender el compromiso, el servicio y la fidelidad.
Su fallecimiento supone la pérdida de una de las figuras más queridas, respetadas y admiradas de la Cofradía y de la propia Semana Santa de Málaga. Pero, sobre todo, supone la despedida de un hombre bueno; de un referente moral y humano; de uno de esos cofrades cuya sola presencia transmitía serenidad, experiencia, fidelidad y amor sincero a su Hermandad. Un cofrade ejemplar cuya trayectoria estuvo marcada por una lealtad inquebrantable al Santísimo Cristo del Amor, a Nuestra Señora de la Caridad y a la Cofradía a la que consagró, junto a su familia, toda su vida.
Alfonso Sell nació el 29 de septiembre de 1932 en la calle María, a escasos metros de la Iglesia de la Victoria. Fue bautizado ante la imagen del Santísimo Cristo del Amor. Con el paso de los años repetiría en numerosas ocasiones que nunca llegó realmente a la Cofradía porque la Cofradía había formado parte de su vida desde el mismo instante de su nacimiento. Se puede decir, sin exageración alguna, que nació en ella.
Era hijo de Alfonso Sell Aloy y de Concepción Cristiá Aznar. Nieto de Pedro Cristiá Tarré, uno de los nombres fundamentales de los primeros años de la Hermandad. Desde niño creció escuchando hablar del Cristo del Amor, de la Virgen y de la Cofradía como se habla de la propia familia. Aquella herencia espiritual y humana marcaría para siempre su manera de entender la vida. En su casa se vivía la Cofradía como algo propio que había que cuidar, defender y preservar en cualquier circunstancia.
Estudió en los Maristas y desarrolló la mayor parte de su vida profesional en la Junta de Obras del Puerto de Málaga, donde continuó una vinculación familiar profundamente arraigada pues allí siguió los pasos de su padre. También como él, compatibilizó esa actividad con el mundo de los seguros y con una permanente dedicación a la vida cofrade.
Fue además un apasionado de la fotografía. Conservó siempre la curiosidad y el entusiasmo de quien sabe seguir mirando la realidad con ojos jóvenes. Le gustaba recordar sus primeros pasos con una cámara colgada al hombro y muchas veces nos habló de sus colaboraciones en algunos rodajes cinematográficos desarrollados en Málaga durante los años cuarenta y cincuenta, como tantas historias que relataba con ese humor que tanto lo caracterizaba. Muchos seguiremos recordando al siempre joven Alfonso buscando un encuadre imposible, persiguiendo una luz determinada, captando con sensibilidad el detalle que otros no veían o mostrándonos orgulloso alguna fotografía reciente realizada con un teléfono móvil que manejaba con una habilidad admirable para su edad.
También le gustaba evocar su infancia y juventud, compartiendo recuerdos de aquellos años en la Capilla Castrense, haciendo de monaguillo, ayudando a misa o tocando la campana. O recordando aquellas largas jornadas familiares preparando los miles de sobres en los que enviaban las participaciones de lotería a los ayuntamientos de toda España, sentados alrededor de la mesa del comedor, él con sus hermanas.
Contrajo matrimonio con Concepción Cristiá de los Ríos y formó una familia en la que supo transmitir los mismos valores que él había recibido: la fe, el compromiso, la responsabilidad y el amor a la Hermandad. Fue un ejemplo constante para sus hijos, Alfonso e Inmaculada; para sus nietos, Cinta, Abel, Cristina y Miguel; y para cuantos tuvieron la fortuna de acercarse a él.
Su trayectoria cofrade fue extraordinariamente extensa. Durante décadas desempeñó innumerables responsabilidades dentro de la Cofradía. Fue secretario durante largos años, Hermano Mayor Adjunto, consejero, delegado ante la Agrupación de Cofradías y miembro activo de todas y cada una de las juntas de gobierno desde los años cincuenta hasta la actualidad en distintas vocalías.
Desde la década de los sesenta hasta su fallecimiento representó de forma ininterrumpida a la Cofradía del Amor en la Agrupación de Cofradías, convirtiéndose con el tiempo en el decano de sus delegados y en una auténtica memoria viva de la institución. Pocas personas han conocido tan de cerca la historia reciente de la Semana Santa de Málaga. Alfonso conoció y colaboró con todos los presidentes de la Agrupación desde Enrique Navarro hasta el actual. Conoció todas las sedes, fue puente entre varias generaciones, testigo directo de sus transformaciones y custodio de innumerables recuerdos, personas, proyectos y vivencias que forman parte del patrimonio sentimental de la Agrupación.
Pero para comprender verdaderamente quién fue Alfonso Sell Cristiá hay que entender primero la dimensión histórica de la familia a la que pertenecía.
Su padre formó parte de aquella generación heroica que salvó las imágenes titulares durante los dramáticos sucesos de 1931 y que reconstruyó la Hermandad tras la Guerra Civil. Alfonso creció escuchando aquellos relatos y acompañando a quienes habían levantado de nuevo la Cofradía cuando todo parecía perdido. Aquellas enseñanzas no las aprendió en los libros ni en los discursos. Las aprendió viviendo, escuchando a sus protagonistas, observando y guardando en su memoria prodigiosa lo que iba aconteciendo y respetando con devoción el legado recibido.
Por eso, cuando el 21 de abril de 1983 falleció Alfonso Sell Aloy, hermano mayor durante casi medio siglo, la Hermandad se encontró ante un momento decisivo. El vacío era inmenso. Parecía imposible suceder una trayectoria tan larga y determinante. Sin embargo, Alfonso aceptó la responsabilidad que se le propuso y él nunca buscó, porque entendía que el servicio a la Cofradía no se elegía: se asumía cuando era necesario.
Así comenzó una etapa que marcaría profundamente la evolución de la corporación y su propia vida.
Fue Hermano Mayor entre 1983 y 1992, una década especialmente compleja en la historia de las cofradías malagueñas. Eran años de cambios generacionales, de nuevos planteamientos, de tensiones internas y de transformación en la forma de entender la vida de hermandad. A Alfonso le correspondió pilotar la nave en medio de esas circunstancias. Lo hizo con prudencia, con sentido común y con una enorme capacidad para escuchar.
Supo mantener el respeto por la tradición mientras abría las puertas del futuro. Supo tender puentes entre los veteranos y los jóvenes cuando otros solo veían diferencias. Supo gestionar conflictos difíciles preservando siempre la unidad de la Hermandad por encima de cualquier interés personal. Quienes vivieron aquellos años junto a él recuerdan su actitud serena, su discreción y su permanente capacidad de diálogo.
Una de sus aportaciones más importantes fue su decidida apuesta por la juventud. Comprendió antes que muchos que el futuro de la Cofradía dependía de incorporar nuevas generaciones a la vida activa de la Hermandad. Durante sus mandatos se consolidó la presencia de jóvenes procedentes de los colegios Maristas y Los Olivos y posteriormente otros vinculados a nuestra Parroquia de la Victoria, muchos de los cuales terminarían ocupando puestos de responsabilidad y convirtiéndose en protagonistas de etapas posteriores de evolución y crecimiento.
Aquella renovación no estuvo exenta de dificultades, pero Alfonso jamás dejó de creer en ella. Su liderazgo fue el de “dejar hacer”: estando al lado y detrás, acompañando y respaldando, confiando y animando. Siempre estaba presente, pero sin imponer. Siempre disponible, pero sin buscar protagonismo.
Bajo su dirección se impulsó la restauración y remodelación del trono del Santísimo Cristo del Amor, se inició el nuevo trono de Nuestra Señora de la Caridad, se actualizó el diseño y la organización de la procesión, se fortalecieron los vínculos con la parroquia, con la comunidad agustiniana y con los Hermanos Maristas, y se reforzó la dimensión formativa, pastoral y caritativa de la Hermandad. También durante aquellos años se consolidó una nueva manera de vivir la Cofradía durante todo el año y no exclusivamente en torno al Viernes Santo.
Sin embargo, quienes lo conocimos sabemos que lo más importante nunca fueron las realizaciones materiales. Lo verdaderamente esencial para Alfonso eran sus Sagrados Titulares. Como solía decir: «Lo primero los Titulares y los hermanos; después, todo lo demás».
Su amor al Santísimo Cristo del Amor era profundo, sincero y absolutamente natural. Formaba parte de él. Del mismo modo, profesaba una devoción entrañable a Nuestra Señora de la Caridad, cuya presencia presidió tantos momentos importantes de su vida. Y cómo no quererla así cuando fue precisamente él quien recibió en Málaga la actual imagen de la Virgen, llevada personalmente por Francisco Buiza hasta la puerta de su casa, puerta que él abrió encontrándose con Ella de repente para iniciar una historia de amor para siempre. Aquella fue una de las historias que más le gustaba contar. La recreaba, la adornaba y la hacía crecer con cada narración. Formaba parte de un repertorio inagotable de recuerdos que siempre tenía preparado para la ocasión adecuada y que, con frecuencia, terminaba haciéndonos reír hasta las lágrimas gracias a su inigualable manera de contar las cosas.
Alfonso no concebía la Hermandad como una estructura organizativa. Para él era, ante todo, una comunidad, una familia reunida en torno a sus Titulares.
Por eso recibió con emoción y gratitud los distintos reconocimientos que le fueron concedidos a lo largo de su vida. Entre ellos, el nombramiento como Mayordomo de Honor en 1992, máxima distinción otorgada por la Hermandad, y el Escudo de Oro de la Agrupación de Cofradías, concedido en reconocimiento a más de sesenta años de servicio agrupacionista y a toda una vida de entrega ejemplar a la Semana Santa malagueña.
Pero quienes tuvimos la suerte de caminar cerca de él sabemos que ninguno de esos honores definía verdaderamente su grandeza.
Su verdadera dimensión estaba en otra parte: en la confianza que inspiraba, en la prudencia de sus consejos, en la experiencia compartida con generosidad, en su capacidad para acoger y acompañar, en su humor, en su generosidad y en su sentido del deber.
Y también en el testimonio ofrecido durante toda una vida junto a Conchi, su esposa, inseparable compañera de camino. Ambos hicieron de la presencia una forma de querer. Nunca faltaban. Siempre juntos. Tan juntos que para muchos terminaron siendo simplemente “AlfonsoyConchi”, así, todo junto, como si formaran una sola palabra y una sola manera de vivir la Hermandad.
Estaban en las celebraciones y en los momentos difíciles, en las alegrías compartidas y en las despedidas dolorosas. En cada celebración y en cada acto cofrade: ¿cómo iba a estar sucediendo algo en la cofradía sin que estuvieran ellos? Porque entendían su participación como una responsabilidad y la Hermandad como una familia y a los cofrades como algo más que compañeros de nómina.
Por eso Alfonso era uno de esos hombres a los que todos escuchaban. Porque sabían que hablaba desde la experiencia, desde el amor a la Hermandad y nunca desde el interés personal.
Quienes hemos tenido el privilegio de tratarlo desde mediados de los años ochenta hemos compartido con él décadas de conversaciones, de reuniones, de proyectos, de preocupaciones y de alegrías. También momentos difíciles en los que siempre se mostró firme. Y hemos recibido el regalo de compartir estos últimos años en los que bromeaba con su edad, celebrando juntos acontecimientos que él soñó durante décadas, como el Centenario de la Cofradía o el estreno del nuevo trono del Cristo. Qué ilusión nos ha hecho poder vivir todo esto con Alfonso ¡Cuánto ha vivido Alfonso en la Hermandad y cuánto ha disfrutado viviendo en hermandad!
En la fragilidad del Alfonso de los últimos años, a quien el paso del tiempo no le ha impedido estar en todo, hemos podido recrearnos en el valor de la ternura y de la sencillez. Siempre se nos quedarán conversaciones pendientes, historias por escuchar -y por grabar, aunque tenemos unas cuantas guardadas- y diremos un “lo que habría disfrutado Alfonso” cuando estrenemos los retablos o cuando algún día, como un sueño que ha de llegar, veamos restaurado el manto que su madre Doña Concha pasó a un terciopelo nuevo en su momento con sus propias manos, como él nos contaba, añadiendo que la llevó cada día durante un año a la residencia de Luján para que pudiera llevar a cabo aquella tarea ingente.
Quien quiera fijarse en su vida encontrará algunas de las mejores lecciones que puede recibir un cofrade: que la lealtad vale más que cualquier protagonismo; que servir es mucho más importante que figurar; que la Hermandad siempre está al servicio de las personas, pero que nadie debe situarse por encima de ella.
Alfonso supo ocupar su lugar en cada momento, darse sin alardes y tratar a la Cofradía y a sus cofrades como un buen padre de familia.
Por eso resulta imposible recordarlo sin hablar de fidelidad: fidelidad a la historia recibida de sus mayores, a quienes nunca olvidó; fidelidad a la Iglesia, a los obispos y sacerdotes con los que compartió camino y a la Victoria, su comunidad en la que ha celebrado la Eucaristía y ha vivido la fe a lo largo de sus más de noventa años; fidelidad a la Semana Santa de Málaga; fidelidad a la Cofradía y, sobre todo, fidelidad al Santísimo Cristo del Amor y a Nuestra Señora de la Caridad.
Y una fidelidad tan auténtica que no concluyó cuando terminó su mandato como Hermano Mayor. Nunca se marchó. Nunca se distanció. Nunca dejó de estar disponible. Hasta el último momento permaneció al servicio de la Cofradía que había amado durante toda su vida.
Hoy despedimos a un hombre bueno. Como él mismo diría: despedimos al cofrade y al amigo. Despedimos también a uno de los últimos representantes de una generación que forma ya parte de la historia de la Semana Santa de Málaga. Y lo hacemos con una inmensa gratitud.
Su vida ha sido un regalo para todos nosotros. Permanecerán sus historias, sus anécdotas, su manera de mirar el mundo, su sentido del humor, sus gestos (que decían muchas veces más que las palabras), su memoria impresionante y su ejemplo. Permanecerá esa forma sencilla y auténtica de entender la Hermandad que supo transmitir a varias generaciones de cofrades.
Quienes hemos tenido la suerte de quererlo sabemos bien que nos deja mucho más de lo que recibió de nosotros y eso es, probablemente, el mejor resumen de una vida bien vivida.
Ese será, quizá, su mejor legado.
Lo despedimos también con esperanza, anclada en la fe que compartimos con él, y con la alegría de poder celebrar su vida plena, feliz y enriquecedora para todos nosotros.
La Real Cofradía del Santísimo Cristo del Amor y Nuestra Señora de la Caridad pierde a uno de sus grandes hombres. Pero su recuerdo quedará para siempre unido a la historia de la corporación.
Nuestra memoria agradecida mantendrá siempre presente, como una vela permanentemente encendida, su nombre y su recuerdo.
Porque durante más de noventa años estuvo aquí. Porque fue testigo de casi todo. Porque ayudó a construir una parte importante de lo que hoy somos. Y porque su vida entera fue, en realidad, una larga y silenciosa profesión de amor y de fidelidad a sus Sagrados Titulares.
Que el Santísimo Cristo del Amor y Nuestra Señora de la Caridad, a quienes sirvió con entrega inquebrantable y lealtad absoluta durante toda su existencia, lo reciban ya en la casa del Padre.
Descansa en paz, Alfonso. Descansa para siempre en el Amor. Para siempre en la Caridad.




