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Nazarenos de ayer. Nazarenos de siempre.

La fotografía de 1930 tiene todo el sabor añejo de aquellos retratos realizados en el estudio del fotógrafo. Ante un sobrio fondo adamascado, que se nos antoja en tonos rojos, posan tres nazarenos. Sabemos sus nombres y ahora los desvelaremos, aunque antes deseamos reparar en ellos sin citar aún su identidad para homenajear en su estampa a los miles de hermanos y hermanas que a lo largo de estos noventa años han vestido su túnica, se han ceñido con su cíngulo y se han cubierto con el capirote, formando parte de las filas de los penitentes que han acompañado al Cristo del Amor y a la Virgen de la Caridad a través de los tiempos. Antonio Martín Villarrazo es el adulto y con él, sus hijos, Enrique y Antonio Martín Guirval.

En la imagen está la tradición, la que nos ha llegado heredada de generación en generación, y está nuestra propia historia: Antonio Martín Villarrazo fue uno de aquellos cofrades de la primera hora que vivieron los momentos duros del 31 y de la Guerra Civil (el fue uno de los que ayudó a poner a salvo las imágenes del Cristo y la Dolorosa) y que participaron en la reconstrucción de la Hermandad y en su esplendor de la segunda mitad de los cuarenta y la década de los cincuenta. Al igual que sus hijos, los niños de la foto, ocupó diversos cargos en la Junta de Gobierno. Hace pocos años nos dejó el último de los tres en pasar a la Casa del Padre: nuestro querido Antonio Martín Guirval, Consejero, con quien pudimos celebrar sus 75 años como cofrade.

1930 ANTONIO MARTIN VILLARRAZO E HIJOS

En la foto está nuestra identidad y nuestro sello: el damasco en las capas blancas; el escudo hasta siete veces orgullosamente plasmado entre escapularios, bastones y bordado sobre el hombro (aún queda, como reliquia, alguno de esos escudos de los bastones); los botones de las túnicas forrados y las bocamangas, casi como hoy mismo.

En el retrato está la familia, tan importante para nosotros, ya en aquellos tiempos y en nuestro presente, ahora que dedicamos este año cofrade a valorarla como lugar y medio privilegiado para la evangelización.

En la escena están los niños, ya desde entonces, desde siempre, viviendo su “primer Amor” cofrade y para muchos -como para los de la foto-, su “Amor eterno”.

Sin nazarenos no habría procesión. En 1924, en el año 30 o en 2014. Indispensables para que pueda existir nuestra Semana Santa tal y como la conocemos y la queremos. Pieza clave, elemento fundamental, actor necesario. Consciente quizás de ello y orgulloso, seguramente, de vivirlo con sus hijos, mira Antonio Martín Villarrazo a la cámara con esa expresión de satisfacción y serena alegría sin que pudiera imaginarse que tantos años después nos serviría su imagen para agradecer a los nazarenos del Amor y la Caridad su sacrificio y su participación en estos noventa Viernes Santos.