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Veinticinco “Pasitos Cortos”.

El primero lo dimos en Calle Santa Lucía.

Veinticinco ferias es la distancia que nos separa de aquella primera experiencia. Una distancia recorrida a “Pasito Corto”. Al contemplar el camino recorrido, permítasenos la tópica expresión: “¡Cómo pasa el tiempo!”.

A principios del verano de 1990, un grupo de cofrades jóvenes, muy jóvenes -demasiado jóvenes, según algunos- nos decidimos a dar de una vez el paso adelante para que la Cofradía tuviera también su caseta en la Feria del Centro. La Junta de Gobierno encabezada por Alfonso Sell, quien había sido elegido Hermano Mayor en junio del año anterior para su último mandato, tenía muchos proyectos, muchos sueños que necesitaban de recursos económicos para que su materialización pudiera, siquiera, plantearse. Y allí estaba aquel grupo de cofrades y amigos, cofrades-amigos, muy pocos de los cuales superaban los 25 años y -sin ser muy científicos con la estimación- con una media de edad que apenas rondaría los 22 ó 23 años.

Allí estábamos, con el respaldo de un Hermano Mayor que confió en nosotros para que desplegásemos todo aquel potencial de ganas y de trabajo, de ilusión y capacidades, que “aquellos niños y niñas” teníamos para dar. Nuestra Cofradía estaba en pleno proceso de transición, dispuesta para un relanzamiento que efectivamente llegó y que necesitaba, entre otras, de iniciativas como la de la Feria, no sólo para ganar el dinero tan preciso, sino para motivarnos y darnos a conocer, para demostrarnos de lo que éramos capaces.

 La Feria del Centro vivía un momento dulce, de plena expansión. Aquella brillante iniciativa de los comerciantes del Centro de invitar en sus locales, de animar las calles donde se situaban sus tiendas, junto con el empuje de hosteleros, Ayuntamiento, etc., estaba configurando lo que se convirtió en una de las señas de identidad de las fiestas de agosto de nuestra ciudad. Varias cofradías y hermandades se habían subido ya a ese carro, tanto en el Centro como en el Real, continuando con una tradición de presencia cofrade en la Feria con casetas que eran fuentes de ingresos extraordinarios, impagables lugares de encuentro de hermanos y amigos y focos de animación garantizada con el mejor ambiente.

La experiencia de la verbena que habíamos celebrado en el Colegio Los Olivos nos impulsó definitivamente. Seríamos capaces… y nos pusimos a buscar locales. Que fuera un bar montado y no un local por instalar, porque para eso no nos veíamos preparados -quién nos iba a decir cuál sería nuestro futuro “feriante” de instalaciones en plena calle-, que estuviera bien situado, que pudiéramos controlar, que estuviera bien de precio… Al final dimos con un bar -el “PK2”, paradójico nombre para la que iba a ser por una semana, prácticamente, la sede de la Hermandad- cuyos dueños se portaron muy bien con nosotros. Hubo negociaciones -¡cómo aprendimos!- y finalmente, acordamos un precio razonable y unas condiciones adecuadas. Y allí estábamos, aquel grupo de “niños y niñas” hablando con proveedores, haciendo listas de comidas -implicamos a “las madres” que formaron un grupo de apoyo al que nunca podremos agradecer lo suficiente y que en una primera reunión en la casa-hermandad organizaron y se repartieron platos y turnos de cocina…en casa, claro-.

Todo se preparó con una intensidad que hoy, con el paso del tiempo, aún nos asombra a quienes lo vivimos: cómo se hicieron los altavoces en la casa hermandad bajo la dirección de Jose Bermejo, que montó una instalación para la música digna de un profesional (aquellos altavoces pesadísimos que cada mañana había que levantar para colocarlos en la fachada y cada noche había que bajar cuando parecían pesar el doble al final de la jornada); cómo fuimos capaces de abrir el primer sábado por la mañana cuando el local nos lo entregaron el mismo viernes de los fuegos cerca de las tres de la mañana y a partir de ese momento tuvimos que poner decoración, material, barras, mercancías, que teníamos preparadas; cómo engarzábamos un día con otro, porque cuando no te tocaba turno, estabas allí de todas formas, con una presencia permanente que entonces nos parecía indispensable para sustentar todo aquello que habíamos puesto en marcha…

Y la elección del nombre, reunidos en casa de Alfonso y Conchi, haciendo una “lluvia de ideas”. Y el rótulo, que también había que colgar cada mañana y retirar por la tarde y que nos ha acompañado durante muchas ferias; aún se conserva en el almacén de la Cofradía para memoria de los “orígenes”. Y los montaditos (ya estaban allí la “pringá” y el “pasito corto” y las “patatas pasito corto” y os platos del día que nos preparaban “las madres”. Y el “Festival”, aquel vino que llegó precisamente aquel año para competir con el fino y la manzanilla, cuando aún no era el vino de Málaga el que se bebía mayoritariamente en la Feria. Y un mostrador en la puerta del bar cuando todavía no habíamos aprendido lo que era una “barra de alcance”. Y los exámenes para el carnet de manipulador de alimentos que hicimos un buen grupo de cofrades para poder tener todo “en regla” junto con permisos y licencias…

¡Qué bien lo pasamos! ¡Cuánto trabajamos pero qué bien lo pasamos! Fue la primera experiencia, cuando aún no había hora de cierre de las casetas y nos daban más de las nueve o cerca de las diez de la noche en aquella placita que se abría en medio de calle Santa Lucía -hoy plaza de Jesús de la Pasión, justo donde se levanta un edificio de aparcamientos- con un “ambientazo” gracias a la música del “fin de fiesta” que ponía Jose y que nos acompañó durante los siguientes años, hasta que cada caseta dejó de poner su propia música.

Y nos salió tan bien… que aquí seguimos, veinticinco ferias después.

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1991-1993 con “Pasito Corto” en calle La Bolsa.

La primera experiencia de Feria había sido un éxito. Tanto, que un buen amigo de la Cofradía, nuestro hermano Rafael Acejo, entonces director de una jovencísima Onda Cero Málaga, nos ofreció llevar la caseta que la emisora pretendía instalar en el Centro durante los festejos de agosto. “Escoged el sitio”, nos dijo y, tras estudiar distintas alternativas, nos decidimos por la placita que se abría a mediación de calle Bolsa. Ésta, antes de su última remodelación presentaba un espacio acerado triangular con un banco circular en el centro, rematado por una farola. Banco y farola quedarían en el centro de la caseta y en aquel espacio, bastante amplio en comparación con lo que habíamos tenido el año anterior, dispondríamos barra, cocina y un lugar para que la emisora pudiera hacer su programa desde la Feria del Centro y atender a su protocolo.

Tardó más el Ayuntamiento en conceder la licencia (hasta que el entonces Concejal de Cultura y Fiestas nos preguntó in extremis “si le íbamos a defender calle La Bolsa” para acto seguido darnos el permiso), que nosotros en construir la caseta. Y decimos nosotros porque el perímetro de aquel espacio se cerró con unos “módulos” -como los llamábamos- hechos de madera, en cuya confección intervino un grupo de hermanos dirigidos por el artesano Pepe Ortiz, quien, junto con Jose Bermejo, diseñaba, marcaba, cortaba y ordenaba la preparación de aquellas tablas que se convirtieron -durante julio y principios de agosto y en un bajo comercial de calle Manrique que usamos como taller- en los cajones que, unidos entre sí por unas tiras igualmente de madera, habrían de tomar una forma bastante graciosa y acogedora.

Por cierto, que aquellos módulos pesaban una barbaridad y los momentos de cargarlos para bajarlos al centro y de recogerlos y guardarlos hasta el siguiente año, se convirtieron en momentos “terribles”.

En todo aquello nos volcamos con la misma intensidad -o más si cabe- que el año anterior. El grupo de cofrades jóvenes seguía creciendo. Podemos recordar los preparativos: mientras “los niños” nos encargábamos de los módulos de madera, “las niñas” se afanaban en la decoración. Qué éxito tuvo aquel zócalo de papel pintado que buscaron para simular mosaicos. Y las telas del techo del primer año: parecía tan fácil cubrir aquel espacio con una loneta blanca a la que daríamos formas con unas ondas… Pero aquel espacio era mayor de lo que pensábamos -o se nos hacía enorme a la hora de cubrirlo- y llegaba el inicio de la feria y no había forma de acabar con el techo

La noche de los fuegos, mientras el gentío se reunía en el parque para inaugurar la Feria, todavía estábamos poniendo ¡grapas e imperdibles! en aquellas telas que… nunca más usamos, claro. El siguiente año vendrían ya el cañizo y los flecos blancos.

Desde el primer día y durante los tres años que estuvimos haciendo Feria en calle la Bolsa, nunca dejó de sorprendernos la acogida del público y el ambiente que llegaba a generarse en nuestra caseta.

Fuimos creciendo en edad y en “sabiduría feriante” y “Pasito Corto” de calle Bolsa, que continuó gracias a la confianza del siguiente director de la emisora, nuestro querido hermano Alberto Castro, se convirtió en referencia para la Feria del Centro. Las fotos atestiguan la capacidad de convocatoria, tanto a la hora de la comida -seguíamos contando con “las madres” y sus guisos y continuábamos perfeccionando “el montadito” como gran recurso de nuestra cocina, diminuta, por cierto, durante aquellos años-, como ya por la tarde, cuando “el fin de fiesta” ponía a bailar a todo el mundo y el banco de piedra sobre el que se alzaba la farola se convertía en plataforma desde donde algunos animaban la fiesta e invitaban a la diversión.

En nuestra caseta de calle Bolsa recibimos a muchos invitados y empezamos a tener esa “clientela” fija que nos acompañó muchos años, grupos de amigos que cada día pasaban por “Pasito Corto” y formaban ya parte del ambiente de nuestra caseta; tuvimos actuaciones; entregamos los trofeos de nuestro torneo de fútbol-sala; dispusimos de mesas donde poder sentarse a almorzar con aquellas ollas de callos, berzas o coles que preparaban “las madres”… y brindamos muchas, muchas veces por la amistad, por la hermandad y por un futuro cofrade que íbamos ganando paso a paso, con “pasito corto”.

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Desde 1994, en la Plaza de la Constitución.

Para la feria de 1994, COPE Málaga, por medio de su Director, nuestro amigo Adolfo Arjona, nos brindó la oportunidad de llevar la caseta que el citado medio de comunicación iba a instalar en la mismísima plaza de la Constitución. Nuestro aval para que fuéramos elegidos fue precisamente el ambiente que habíamos conseguido crear en las ferias anteriores y, especialmente, la forma de trabajar y de organizarnos, el clima entre los cofrades y amigos que colaboraban y que se apreciaba desde fuera como algo muy atractivo y digno de valoración. Al fin y al cabo siempre hemos ofrecido lo mismo: buena voluntad, mejor intención, un fin no lucrativo y un enorme esfuerzo para procurar que todo salga lo mejor posible.

Con esas credenciales y el respaldo de COPE Málaga y su Director – a quien nunca podremos agradecer suficientemente su confianza y su afecto demostrados a lo largo de todos estos años- nos plantamos en agosto del 94 en la plaza de la Constitución. La ubicación inicial no era la misma de la que disfrutamos ahora, sino que la caseta se situaba enfrente del emplazamiento actual, en el lateral norte de la plaza (entre los edificios de Martí Torres y Espejo Hermanos). Resulta obvio decir que la plaza no tenía entonces el aspecto actual: abierta al tráfico rodado, el espacio tenía como eje la fuente de las gitanillas de Adrián Risueño. Esa fuente nos dio más de un disgusto en los primeros años, mientras tuvimos aquel emplazamiento, ya que, al avanzar la tarde y con ella el calor y la desinhibición producida por el consumo excesivo de alcohol, había quien se aventuraba a darse un baño y a proyectar los chorros hacia fuera, tratando de salpicar a los de fuera, con lo cual, al cabo de un rato una pequeña riada inundaba la caseta haciendo que saltara la instalación eléctrica y se empapara todo lo que estaba directamente en contacto con el suelo. Aquello llevó a que se tuviera que apagar la fuente para aquellos días y, al final, a que se tuviera que vallar para evitar males mayores.

El primer año pusimos en la plaza una carpa, que nos facilitó la propia COPE -y que después, como anécdota, montamos en la feria de Fuengirola para ayudar a la emisora que instaló también allí una caseta de emisión-, añadiéndole como recuerdo de la estructura de calle la Bolsa, algunos módulos para la portada. La filosofía era la misma: la caseta era (como lo es actualmente) de la cadena de radio, que tiene en ella su lugar para emitir su programación y recibir a sus invitados; la cofradía atiende la barra tratando de crear el mejor ambiente y dar el mejor servicio posible dentro de las limitaciones de una instalación efímera.

Por si fuera poco, el cambio de ubicación vino acompañado por otra aventura a la que nos lanzamos aquel agosto del 94: llevamos dos casetas a la vez, pues a la de la plaza de la Constitución, sumamos la de la Casa de Jaén en Málaga, buenos amigos de la Hermandad que nos ofrecieron montar y explotar la caseta que instalaban en calle Ancla, entre la entonces sede de la Diputación Provincial y el edificio de Unicaja. De aquel arranque de valor salimos bien, gracias, como siempre, al apoyo de un gran grupo de hermanos.

Más adelante, COPE consiguió el cambio de ubicación. Nos situamos enfrente, ya en el emplazamiento actual, y estrenamos una nueva estructura. A lo largo de veinte años esta estructura ha cambiado de distribución y de color, de manera de cubrirse desde los cañizos al toldo actual,… Pero cada años somos los cofrades quienes la montamos y la desmontamos, los que trabajamos la feria desde el principio hasta el final, desde conducir el camión alquilado en el que se cargan hierros y tableros, hasta la limpieza que hacemos nosotros mismos del espacio que hemos ocupado en la plaza, la noche del desmontaje.

Estar todos estos años en la plaza de la Constitución ha sido para la Cofradía una auténtico privilegios. No sólo porque la ubicación permite tener una actividad importante en la caseta, tan necesaria para los fines que pretendemos en orden a alcanzar ingresos extraordinarios, sino porque es un lugar de encuentro estupendo, más céntrico imposible, pero también de paso y así, llegan a nuestra caseta multitud de turistas, de visitantes de los más diferentes orígenes. De esto pueden dar fe quienes año tras año se encargan de la venta de tickets, para lo que ya casi en necesario manejar idiomas. Es un privilegio porque estamos en nuestra caseta, dentro de un entorno que hacemos nuestro y dominamos, que al cabo de unos días de empezar el montaje ya nos da la sensación de que es nuestro espacio, nuestra casa y, sin embargo, estamos en la misma plaza de la Constitución en la que suceden los acontecimientos más importantes de la ciudad. Muchas veces decimos eso de: “y pensar que en este mismo suelo estará dentro de unos meses la tribuna”; o miramos la puerta del pasaje de Chinitas -la del antiguo convento de las agustinas- y decimos: “mira, ahí estaba la primera casa del Cristo y la Dolorosa”. Es un privilegio, en fin, porque estamos en pleno centro y durante los días de montaje, cuando “tomamos posesión” de la plaza y sacudiéndonos la vergüenza y los apuros, trabajamos allí montando, pintando, limpiando o decorando la estructura que nos sirve de caseta, son muchos los amigos de la Hermandad que pasan y nos dan ánimos, nos hacen un comentario sobre cómo está quedando o nos gastan una broma para hacernos más amena la labor.

En todos estos años muchos cofrades hemos sido fijos en la feria. Pero hay otro “fijo” que, sin ser cofrade, es por derecho de afecto y amistad, hermano nuestro: Antonio Guadamuro. Él ha sido quien año tras año ha ocupado su puesto en el set de la COPE para aprovechar el privilegiado enclave y transmitir la feria desde “Pasito Corto”. El forma parte de nuestro gran grupo y con él “vigila” en los días previos a la feria el montaje, pasando para comprobar “cómo van las obras”. También con nosotros reza el ángelus cada mañana de feria, cuando a las doce, el turno correspondiente para los preparativos y dedica un momento a la oración y, en definitiva, a nuestros Titulares… Ellos siempre presentes, siempre en algún rincón de las escasas paredes libres de carteles y pizarras de precios, mercancía y propaganda. Siempre hay un hueco para Ellos porque son la piedra angular de cualquier actividad que llevemos a cabo.

Veinticinco “pasitos cortos”, veinticinco agostos de feria, veinticinco veces ininterrumpidas el mismo proceso de los preparativos, los turnos la planificación el montaje… y el desmontaje y la recogida de todo este despliegue que no exige un gran esfuerzo de almacén, una gran labor de albacería, una tarea ingente de la tesorería para las compras y los pagos, etc. Por todos ellos y por los que vendrán, no podemos sino decir un enorme: ¡GRACIAS!

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